Crecieron en entornos laborales altamente jerárquicos donde la lealtad, la permanencia y el respeto a la autoridad eran los marcadores del buen colaborador. Muchos llegaron al mercado laboral antes de que existiera el lenguaje de la neurodiversidad — lo que significa que varios cargaron décadas con diagnósticos no reconocidos o con estrategias de enmascaramiento profundamente arraigadas.

La generación de la autonomía. Crecieron con menos supervisión parental y llegaron a un mercado laboral que valoraba la independencia y los resultados sobre la visibilidad. Son escépticos ante el management performativo y altamente funcionales en entornos de baja interferencia. Tienden a ver las adecuaciones neurológicas a través de una lente de cumplimiento y estabilidad.

La primera generación que creció con internet y llegó al mercado laboral con un vocabulario de bienestar, propósito y autenticidad que las generaciones anteriores no tenían. Ven la neurodiversidad como parte central de la identidad y como motor de innovación. Son la generación con mayor tasa de diagnósticos tardíos de TDAH y autismo, muchos recibidos en la adultez tras años de burnout inexplicable.

La generación más abiertamente neurodivergente de la historia del mercado laboral. Más de la mitad de Gen Z se identifica como neurodivergente, y el 80% considera la inclusión neurodivergente como criterio de decisión al evaluar empleadores. No toleran la brecha entre los valores declarados de una organización y sus prácticas reales.